martes, 9 de julio de 2013

LOS NIÑOS QUE NO JUEGAN...



Los niños de hoy en día no juegan y, si lo hacen, es o a escondidas o solos. Un estudio afirma que un tercio de los niños juegan en soledad, sin ningún compañero de juego, lo que nos hace pensar en lo que esto pueda ocasionar para su personalidad y su faceta de desarrollo personal. Se está perdiendo lo que muchos de nosotros hemos conocido de pequeños: jugar en la calle o jugar en casa con nuestros hermanos e incluso lo que nuestros padres y abuelos nos cuentan acerca de los modos de jugar que existían en antaño. Parece que el único compañero que hoy en día tenemos al jugar es ese aparato electrónico que nos hace felices y por el que estamos todo el día rezando para que no se vaya la luz porque si no, no somos nadie. 


Pero muchos de nosotros pensaremos que jugar solos también tiene su ventaja. Tú eres el dueño y señor de tu mundo, el que hace y deshace a su antojo y sin tener que darle explicaciones a nadie. Pero, ¿acaso la vida es así? ¿No debería ser el juego un modo de anticipar al "proyecto de hombre" a aquello que se va a encontrar cuando sea mayor? De hecho así es. Ese es el objetivo del juego y, por tanto, nos compete a los mayores velar por la seguridad de la existencia del juego y por su permanencia en el día a día de los niños que nos allegan. Está en nuestras manos asegurar la existencia de "personas" en el futuro.

Pero en realidad, el juego es más que un modo de preparar para el futuro. Es un proceso de maduración en el que el niño va aprendiendo poco a poco y de manera para nosotros casi desapercibida, pero para ellos a veces incluso sorprendente. Es una necesidad vital para formarnos como personas y que va a influir notablemente en nuestro desarrollo tanto físico como intelectual. Jugar con determinados juegos o de una manera concreta nos enfrentará a experimentar diferentes sensaciones dentro de nuestro entorno y, por supuesto, para con nosotros mismos. Permitirá aflorar sensaciones que tendremos que poner en juego en diferentes situaciones cuando ya la niñez haya quedado atrás. 
Por otra parte, que los adultos le demos al juego la importancia que merece es lo que va a hacer que realmente le sirva al niño para su aprendizaje, para su desarrollo y evolución. Motivar al niño a jugar, además de permitir su desarrollo emocional, nos servirá a nosotros para enfocar el juego en diferentes ámbitos de actuación personal y social. Es así como podremos trabajar los diferentes aspectos que la vida de cualquier persona contempla. Y es a la escuela, a la que realmente le compete, de esta misma forma, tomar el juego muy en serio; como esa aplicación didáctica que va a permitir aprender más y mejor, bajo la motivación del alumno que al fin y al cabo es lo que importa. Un alumno sin motivación es como un carro de la compra totalmente vacío; que se pasea de un lado a otro pero nunca aporta nada. Hay que llenarlo de sabiduría, de competencias sociales, didácticas y académicas y el juego nos ayudará siempre a enfocar de ¿una manera más cercana al niño lo que queramos trabajar. ¡Escuelas! Es el juego nuestro mejor aliado y  nuestra arma más fiel para que la educación sea realmente un instrumento válido para la sociedad del presente y del futuro.

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